dimarts, 15 de juny de 2010

Regresamos a casa


Viaje de vuelta:
La realidad nos esperaba ya en el aeropuerto de Barcelona, donde las nubes cubrían totalmente el cielo, y refrescaba lo suficiente para hacer ese aterrizaje forzoso a lo cotidiano.
El viaje, sin novedad, algunos seguían llorando a intervalos regulares de tiempo, por haberse tenido que separar de sus nuevos amigos. Los chicos no paraban de recordar anécdotas, hablar de los asturianos y asturianas, y sobre todo la pandilla de los del baloncesto añoraba a José, el profesor de Oviedo. ¡Había dejado huella!
Los padres esperaban a sus retoños en Roquetes, a la puerta del instituto. Rondaban casi las once de la noche. Cada mochuelo a su olivo. El domingo durmiendo y descansando. Y el lunes, ¡de nuevo a clase! La isla de Gran Canaria parecía ahora -en palabras de nuestro compañero y profesor asturiano-, más que nunca, La Arcadia. Gran Canaria ha supuesto, para las profesoras y los 24 alumnos participantes, un locus amoenus, un oasis en medio de la vorágine diaria.

Quiero acabar este pequeño relato con unas palabras que me mandó, en un correo electrónico, nuestro compañero asturiano:

“Esta última semana antes de las vacaciones de Semana Santa ha sido como todas en las que hay evaluación: muy poco sueño por la correcciones de última hora, las dudas inevitables de las notas, seguir dando clase como todos los días y el papeleo de final de trimestre. Sin embargo, esta vez hubo un cambio. En medio de todo, uno evocaba algo que, aunque hubiera pasado únicamente hacía unos días, parecía ya anclado en un tiempo antepasado. Estos días me venían a la cabeza inopinadamente lugares y personas de Gran Canaria, como fogonazos. Muchos estaban conectados con el mar. Me veía nadando en Agaete hacia las balizas. Enfrente el ferry que une Gran Canaria y Tenerife, y a la izquierda, unas altísimas cortadas verdes y desflecadas por las nubes. Me veía haciendo el muerto en la Playa del Inglés, en un mar como un plato, bendita muerte de la que despertaba por unas olinas impertinentes. Del mar a la cumbre y sentado sobre unas piedras me veía contemplando la caldera de Tejeda con el viento pegándome en la cara.
Ahora, hoy, ya no son fogonazos ni relámpagos. Ahora intento saborear nuestros días en la Arcadia. Sacarles todo el jugo posible y saciarme. Servirá para restañar las heridas que estén por venir.

PD. Siempre ha habido una conexión más allá de las afinidades personales entre los que hemos practicado el baloncesto. No sé muy bien por qué es ni en qué consiste. Con vuestros alumnos, fue muy fácil empezar a hablar. Luego uno aprende mucho escuchando a los chavales, como bien sabéis. Y estos alumnos vuestros, además de jugadores de baloncesto, son de mirada limpia y sonrisa franca, sin doblez. Me contaron sus historias y yo les conté algunas de las mías. Quizá también me recordaron que una vez fui mucho más joven. Y para guinda nos echamos una pachanguita de hermandad. Siempre me acordaré de ellos. Decidles que los domingos, además de ver los resultados del Estudiantes echaré un vistazo a las victorias de los Cantaires de Tortosa.
Saludos para ellos y para todos los demás, especialmente, para vosotras, compañeras en La Arcadia”.

Tras estas impresiones, no hace falta decir que la emoción aflora cuando el recuerdo de personas queridas y lugares descubiertos, en agradable compañía, aparece en algún momento del día, como un guiño ;-), como una sonrisa regalada por la vida.

¡Gracias a todos los que han hecho posible esta maravillosa ruta literaria!
Y un abrazo muy fuerte para María, José (los profes de Oviedo), Carmelo, Pepe (los guías de Canarias) y Oliver (el chófer de la guagua).
Cinta.

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